Eurovisión y política: del telón de acero a las guerras modernas, cuando la música se convierte en geopolítica pop

Dicen que Eurovisión es un festival de música. Y sí, claro, también. Pero quien haya seguido el certamen con más interés que un domingo de misa sabrá que, en realidad, es un espejo en technicolor donde Europa –y países que no sabíamos que eran europeos– ventilan sus trapos sucios, sus orgullos nacionales y sus cuentas pendientes. Porque si algo ha demostrado el Festival desde 1956 es que, por mucho que la música nos una, la política siempre encuentra su sitio entre una balada balcánica y una diva sueca con ventilador.
Aunque oficialmente el reglamento de la UER lo prohíbe, Eurovisión y política han ido de la mano más veces de las que sus organizadores estarían dispuestos a admitir. El certamen ha sido el escenario ideal para lavar la imagen de regímenes, reivindicar causas, enviar mensajes encubiertos o directamente tirar de censura, boicot o provocación.
Austria, Franco y un “no gracias” con diplomacia
En 1969, Eurovisión aterrizaba en Madrid, en pleno régimen franquista. Mientras TVE preparaba el certamen y Dalí diseñaba el logo, Austria dijo: “No, gracias”. Su retirada no fue por problemas técnicos ni por falta de interés musical, sino por una cuestión de principios: el gobierno austriaco se negó a participar en un festival organizado por una dictadura. Y así, sin aspavientos pero con toda la intención, Austria envió su voto al silencio… político.
«E depois do adeus»: la revolución que empezó con una canción
Cinco años más tarde, en 1974, Portugal enviaba a Eurovisión una canción titulada “E depois do adeus”. Interpretada por Paulo de Carvalho, parecía una balada melancólica más. Pero lo que no sabían los eurofans europeos es que aquel tema fue la primera señal codificada de la Revolución de los Claveles. El 22 de abril, al sonar por la radio portuguesa, los militares se pusieron en marcha para acabar con casi medio siglo de dictadura salazarista. Una revolución sin sangre y con banda sonora eurovisiva. ¿Quién dijo que Eurovisión no cambia el mundo?
Armenia vs. Azerbaiyán: una guerra fría disfrazada de festival
De todas las tensiones geopolíticas que han marcado el Festival en el siglo XXI, ninguna ha sido tan persistente, visible y enconada como la protagonizada por Armenia y Azerbaiyán. Lo suyo no es un rifirrafe puntual, sino un conflicto enquistado que se cuela año tras año en la alfombra roja de Eurovisión. Todo comenzó con pequeños gestos simbólicos, pero ha llegado a episodios dignos de novela política.
En 2009, la televisión azerí censuró directamente la actuación de Armenia en Bakú. En respuesta, el año siguiente, los armenios incluyeron en su postal de presentación un monumento situado en Nagorno Karabaj, territorio en disputa. Azerbaiyán exigió su retirada y Armenia se negó. El ambiente era tan tenso que las delegaciones viajaban separadas y bajo protección. En 2012, cuando el certamen se celebró en Azerbaiyán, Armenia directamente se retiró por razones de seguridad, alegando un clima hostil.
En 2015, durante el reparto de votos, la televisión azerí censuró la emisión en directo cuando se otorgaron puntos a Armenia. Y no faltan los rumores sobre presiones, sabotajes o, directamente, espionaje entre bastidores. Incluso el más mínimo gesto –una bandera, una mirada, un comentario– puede ser interpretado como una provocación o un desafío político. La tensión es tal que, cuando ambos países coinciden en una semifinal, los organizadores cruzan los dedos y activan el protocolo de crisis.
En Eurovisión, donde hasta el humo del escenario es milimétrico, las delegaciones de Armenia y Azerbaiyán parecen moverse en una delicada coreografía diplomática. Y aun así, cada año, el conflicto regresa disfrazado de espectáculo. ¿Podría el Festival ser una plataforma para el entendimiento? Por ahora, parece más un recordatorio anual de que la paz no se consigue a base de fuegos artificiales.
Israel y los dilemas de una UER que quiere evitar la palabra “conflicto”
Israel lleva décadas en Eurovisión y, a pesar de no estar en Europa, se ha convertido en uno de los protagonistas habituales. Pero desde 2024, y sobre todo en 2025, la controversia ha ido en aumento: protestas en sedes, artistas amenazando con retirarse y un debate abierto en la UER sobre si la política está devorando la música. Algunos países, como España o Islandia, ya han pedido que se reevalúe su participación. ¿Dónde acaba la neutralidad cultural y empieza la responsabilidad ética? Spoiler: nadie lo tiene claro.
En 2019, Islandia llevó la protesta un paso más allá. El grupo Hatari, conocidos por su estética BDSM y sus proclamas anticapitalistas, mostró una bandera palestina durante la votación en Tel Aviv. Fue un gesto breve pero explosivo: la UER multó al país, y el debate sobre el activismo político en el escenario volvió a encenderse. ¿Se puede separar la música de la geopolítica cuando incluso las pancartas caben en el plano?
Ucrania y Rusia: una batalla sin final feliz
La invasión rusa de Crimea en 2014 supuso un antes y un después en las relaciones eurovisivas entre Kiev y Moscú. Desde entonces, los roces han sido constantes: en 2016, la ucraniana Jamala ganó con “1944”, una canción que denunciaba la deportación de los tártaros de Crimea por parte de Stalin. Rusia protestó, claro. En 2017, Ucrania vetó la entrada de la representante rusa por haber actuado en Crimea, y Moscú se retiró. En 2022, tras la invasión total, Rusia fue expulsada del certamen, y Ucrania ganó con un aluvión de votos del público. Eurovisión no fue ajena a la guerra: fue altavoz, trinchera y termómetro emocional de Europa del Este.
En paralelo, Bielorrusia también fue expulsada en 2021 por presentar canciones con mensajes políticos y por la falta de independencia de su televisión pública, considerada una herramienta de propaganda del régimen de Lukashenko. La decisión de la UER fue tajante: sin libertad de expresión, no hay espacio en el escenario europeo.
Líbano, Marruecos y el eterno dilema de cantar con (o contra) Israel
Eurovisión no solo ha sido un campo de batalla entre viejos vecinos balcánicos o potencias postsoviéticas: también ha puesto a prueba los equilibrios políticos de Oriente Medio. En 1980, Marruecos participó por primera –y última– vez. La canción Bitaqat Hub, interpretada por Samira Bensaïd, obtuvo solo 7 puntos. Pero lo verdaderamente relevante no fue el resultado, sino el contexto: Israel no participó ese año tras ganar en 1979 y negarse a organizar el Festival por segundo año consecutivo. Marruecos aprovechó la oportunidad para hacer acto de presencia sin tener que compartir escenario con su antagonista diplomático. Cuando Israel regresó al año siguiente, Marruecos no volvió jamás.
Más surrealista aún fue el caso de Líbano en 2005. El país anunció su debut y llegó a elegir canción: Quand tout s’enfuit, de Aline Lahoud. Pero hubo un pequeño gran problema: la televisión libanesa se negó a comprometerse a emitir la actuación de Israel, lo que viola de forma clara las normas de la UER. Resultado: retirada forzosa, penalización económica y el sueño eurovisivo libanés enterrado antes de sonar la primera nota. Un debut frustrado, pero muy revelador: en Eurovisión, no todo es cuestión de música. A veces, basta una omisión en la parrilla televisiva para encender la mecha.
Un festival en constante equilibrio
Eurovisión es muchas cosas: una fiesta, una industria, un fenómeno social. Pero también es una caja de resonancia de las tensiones políticas europeas. Porque por más que la UER insista en separar música y política, no hay telón que tape lo evidente: cada voto, cada retirada, cada bandera alzada o escondida, habla más de diplomacia que de armonías. Y eso, nos guste o no, también forma parte del show.