Eurovisión 2026 mueve fichas: menos votos, más control y un mensaje claro: “tranquilos, todo está bajo control”

Cuando la Unión Europea de Radiodifusión dice que “ha escuchado”, suele significar que alguien ha gritado muy alto detrás de las cortinas de lentejuelas. Y eso exactamente es lo que ha pasado antes de Eurovisión 2026. Después de un 2025 lleno de polémicas, sospechas, campañas sospechosamente bien organizadas y votaciones que hicieron sudar hasta a las tablas de Excel, la EBU ha decidido retocar, ajustar, limitar y maquillar su sistema de votación para el próximo año en Viena.

Lo llaman evolución. El fandom lo llama pánico controlado.

La primera gran novedad viene en forma de tijeras: el límite de votos por persona baja de 20 a 10 por método de pago. Menos oportunidades de dejarse el sueldo en una sola candidatura y más posibilidades, según ellos, de que el amor se reparta “de manera más equitativa”. O, dicho sin diplomacia: que dejen de convertir el televoto en una operación militar encubierta.

Al mismo tiempo, regresa una vieja conocida que algunos echaron de menos y otros celebraron con cava: los jurados profesionales vuelven a las semifinales. A partir de 2026, el sistema vuelve a ese clásico 50/50 entre jurado y público que la UER defiende como el equilibrio perfecto entre “calidad artística” y “caos popular”. Y no vienen solos: ahora serán más, de perfiles más variados… e incluso con la obligación de incluir jóvenes de entre 18 y 25 años. Sí, Eurovisión ha descubierto a la Generación Z. Tarde, pero la ha descubierto.

Todo esto viene acompañado de una advertencia nada sutil: se acabaron las campañas promocionales desproporcionadas. O al menos, eso dicen. La EBU ha endurecido su código de conducta y ha dejado claro que cualquier intento de manipular, influir o “empujar” el voto desde terceros, incluidos gobiernos, instituciones o grupos con demasiada energía y presupuesto, podría suponer sanciones. Traducción libre: no convirtamos Eurovisión en un tablero geopolítico con purpurina.

Por si eso fuera poco, también entran en escena nuevos sistemas de seguridad mejorados para detectar votaciones coordinadas, anomalías y patrones sospechosos. Algoritmos vigilando cada clic, cada SMS, cada intento desesperado de alterar el destino eurovisivo. George Orwell, pero con confeti.

Mientras tanto, la maquinaria del Festival de Eurovisión en Viena 2026 avanza a toda velocidad. Más de 90.000 entradas en camino, cientos de voluntarios por reclutar y una promesa, casi arrogante, por parte de Austria: superar lo visto en Basilea. Porque si algo adora Eurovisión es afirmar, con una sonrisa, que “esto será aún más grande”, aunque todo esté construido sobre el pánico de que la gente deje de creer en el sistema.

Y sin embargo, ahí seguimos. Unidos por la música.
Supervisados por normas nuevas.
Observados por algoritmos con WiFi.

Pero si algo está claro es que Eurovisión 2026 no quiere repetir errores. Quiere control, equilibrio y, sobre todo, volver a parecer creíble. La gran pregunta es si el público, ese animal impredecible que ama un buen drama, está dispuesto a concederle otra oportunidad.

Fuente: EBU

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